FÚTBOL

Prohibido jugar

Vero Boquete, el gran emblema del fútbol femenino español en la última década, protagoniza una lucha de lucha y superación por la igualdad y la aceptación.

Vero Boquete decidió continuar su carrera en la Bundesliga (Foto: Bayern de Múnich)

Sentada en uno de los bancos del Pabellón Municipal Santa Isabel, en Santiago de Compostela, Vero Boquete alza la voz. Es miércoles 30 de diciembre y, pasadas las dos del mediodía, las sonrisas agitadas de los 160 niños y niñas inscritos en la quinta edición de su campus anuncian la cuenta atrás para el inicio del torneo que despedirá tres días de convivencia, con el deporte como pretexto. Fuera llueve. Y la capitana de la selección española femenina de fútbol reorganiza junto a su grupo de trabajo las últimas actividades previstas.

Más de dos décadas separan la primera y la última aparición de Vero Boquete en el complejo deportivo de Santa Isabel, el lugar donde cada Navidad desde el año 2011 un centenar de niños y niñas entrenan junto al mayor talento del fútbol femenino español. Finalista de la Liga de Campeones con el Tyresö sueco en 2014, la santiaguesa conquistó el anhelado título una temporada después, con el Frankfurt alemán. Ahora persigue la conquista de la Bundesliga y de la Copa de Alemania con el Bayern de Múnich tras seducir a los aficionados del Portland Thorns durante su última experiencia en la NWSL estadounidense. El pasado verano, además, lideró al combinado español durante su estreno en un Campeonato del Mundo, el de Canadá.

Dado su palmarés y su reconocimientos individuales -fue candidata al Balón de Oro-, Vero Boquete es a sus 28 años una futbolista diferente; admirada allí donde jugó. Distinta, aunque por otras razones, se sintió también en Galicia, cuando con cinco años se incorporó a su primer equipo. “Era la única niña que jugaba con los niños así que, durante bastante tiempo, el fútbol para mí era un deporte individual. No tenía la convivencia que ahora sí pueden tener. Y tenía que aguantar cosas que ahora las niñas no tienen que aguantar”, recuerda.

Pero antes de los insultos -“los peores, paradójicamente, venían de mujeres”, lamenta- y de largas esperas para poder cambiarse en el vestuario de los árbitros -la alternativa era hacerlo en el coche de su padre-, Vero Boquete debió rebelarse contra la normativa que impedía a las niñas jugar con los niños. “Cuando entré en mi primer equipo iba a los entrenamientos pero no podía jugar partidos. Tenía cinco años pero, aun siendo tan pequeña, ya era consciente de que lo que rodeaba al fútbol me hacía diferente”, relata.

A pesar de que esa fue una realidad inamovible durante muchos fines de semana, la ilusión por jugar le hacía volver cada sábado. “Yo me vestía, iba al campo, cogía las fichas de mis compañeros y se las entregaba al árbitro. Eso era lo único que me dejaban hacer. Después, me sentaba en el banquillo y animaba”, rememora.

Las barreras, lejos de derrumbarse al paso de aquella talentosa niña, se agigantaron cuando sus profesores, sus familiares, sus amigos y los padres de otros niños le invitaron a dejar el fútbol. “Pero resulta que lo que más me ilusionaba era jugar. Me daba igual la hora a la que me tenía que levantar un sábado para ir a un partido. Esa ilusión era la que me empujaba siempre. Y luego, el apoyo incondicional de mis padres. Ellos pelearon incluso más que yo”, asegura.

“Me vi obligada a irme de España”

Fueron ellos quienes más la arroparon cuando, sin referentes femeninos en una disciplina practicada mayoritariamente por hombres, decidió probar fortuna fuera de Galicia. Primero, en el Prainsa Zaragoza. Después, en el RCD Espanyol. “Finalmente me vi obligada a irme de España. Aquí no tenemos las oportunidades que sí ofrecen otros países. Mi ambición y las ganas de alcanzar mi mejor nivel me llevaron a salir”, recalca.

En Rusia, Estados Unidos, Suecia y Alemania encontró la aceptación. También el profesionalismo y un sueldo acorde a su condición de estrella. En España, por ejemplo, los 15.000 euros mensuales que puede llegar a recibir una jugadora del Olympique de Lyon son aún una ilusión. Aquí son muchas las mujeres que juegan en Primera División a cambio de nada.

La situación no es mejor en el ámbito federativo: tras reclamar mejores condiciones en los medios de comunicación, las internacionales vieron incrementadas sus dietas en veinte euros -de 25 a 45- cuando acudir a la llamada del seleccionador español implica, para muchas de ellas, renunciar a días libres o de vacaciones en sus respectivos trabajos.

A pesar de que su situación es otra, Vero Boquete es quien habitualmente lidera la lucha por la igualdad. “Lo único que intento es que la situación cambie y que cualquier niña pueda llegar a sentirse como cualquier niño, pudiendo hacer exactamente lo mismo. Tengo la responsabilidad de hacerlo. Lo que nosotras no hagamos por nuestro deporte no va a venir nadie a hacerlo”, apostilla.

Cree en un futuro mejor. Y ese es el motor que le permite mantenerse “al máximo nivel y seguir consiguiendo títulos”. “Seguir dando que hablar es lo que va a contribuir al cambio”, afirma.

Tras haber sorteado obstáculos y más obstáculos puede decir que ha alcanzado el cenit, pero no le da vértigo mirar atrás. “Las trabas que me encontré me hicieron ser como soy y llegar adonde llegué. Si hubiese sido más fácil, quizás con doce años habría dejado de jugar. En ese sentido, estoy contenta con mi camino. Me enseñó a valorar lo que antes no tenía, lo que ellas tienen ahora y, sobre todo, me invita a seguir trabajando para un futuro mejor”, sentencia.

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